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Por qué en Boulogne Sur Mer

Por qué en Boulogne Sur Mer

El prócer máximo de la historia argentina no pudo pasar los últimos años en el país que había ayudado a crear. Tan solo tres años antes de la sanción de la Constitución Nacional dejó este mundo rodeado de su familia pero lejos de su tierra. Por qué se fue, qué hizo a lo largo de los años y donde vivió hasta su muerte. 

José Francisco de San Martín y Matorras nació el 25 de febrero de 1778 en Yapeyú, Corrientes. Fue el quinto y último hijo del matrimonio de Juan de San Martín y Gómez - militar español, teniente gobernador de Yapeyú-, y Gregoria Matorras del Ser. A los 6 años se fue con su familia a España y se formó como militar de carrera del Ejército Español: peleó contra moros en África, contra ingleses y sobre todo contra Napoleón.

Llegó a teniente coronel, pero en 1811, con 34 años, pidió el retiro y se embarcó hacia Buenos Aires. No volvió por nostalgia, volvió porque acá había una revolución que necesitaba oficiales profesionales. Arribó en 1812 y el primer Triunvirato le dio enseguida el mando: creó el Regimiento de Granaderos a Caballo, su escuela de élite, ganó en San Lorenzo y entendió que la independencia no se ganaba defendiendo Buenos Aires.

 Mientras acá todo era guerra civil entre Buenos Aires y las provincias, y guerra contra los realistas en el Alto Perú, él armó el plan continental: organizar un ejército en Cuyo, cruzar los Andes en 1817, liberar Chile y de ahí por mar liberar Perú, el centro del poder español. Lo logró entre 1817 y 1821, y por eso es el Libertador de tres países. Cuando volvió, la Argentina estaba partida entre unitarios y federales, por lo que prefirió irse en 1824, antes que usar su sable en una guerra contra un compatriota.

La partida

San Martín se embarcó en 1824 con Merceditas de la mano; tenía 46 años y ella siete. Vivió en Bruselas, en Londres, en Grand Bourg, de una pensión que casi nunca llegaba y de vender lo poco que tenía. A los 70 años, casi ciego, con asma y reuma, todavía tuvo que mudarse una vez más. Y esa mudanza fue un accidente.

El puerto equivocado

En febrero de 1848 decide cruzar a Londres con su familia: Merceditas, su yerno Mariano Balcarce -"el hijo que nunca tuve", según decía- y dos nietas chiquitas, María Mercedes y Josefa Dominga. El puerto para cruzar en ese momento era Boulogne-sur-Mer. Un pueblo verde, ventoso, frente al Canal de la Mancha. Paran en el Hotel du Nord. Merceditas le dice que el aire del mar le va a hacer mal al asma. Él mira el campo atrás de la playa y dice que no. Que se quedará unos días. Nunca se iría. 

Una casa que no era suya

En el hotel lo encuentra un hombre que no tenía nada que ver con América. Adolphe Gérard. Abogado, bibliotecario, periodista de L'Impartial. Un vecino notable que olió la noticia: "un general sudamericano vive en el hotel". Lo fue a ver, se hicieron amigos de jardín. De compartir charlas donde uno habla horas. San Martín le cuenta su vida entera. Gérard lo describió después como "un bello anciano que ni la edad ni las fatigas habían podido curvar" y que hablaba con facilidad varios idiomas. 

Gérard le alquila todo el segundo piso de su casa, en 113 Grande-Rue. No era grande: su dormitorio, un cuarto intermedio, la pieza de Merceditas y otra contigua para las dos nietas, más un vestidor y un baño. Abajo, en planta baja, estaba la oficina de Gérard, donde trabajaba como abogado y periodista. Ahí vivía él con su esposa y sus tres hijos varones, que tenían más o menos la edad de las nietas de San Martín. 

Los espacios comunes los compartían: el primer piso funcionaba como comedor principal -comían las dos familias-, salón de recepción y sala de fumadores, y era donde recibían visitas porque ambos eran personalidades importantes. Y el jardín, que es lo que más conmueve hoy: San Martín, casi ciego, bajaba temprano y se pasaba el día ahí con sus nietas y con Gérard, contando historias.

El final

El sábado 17 de agosto de 1850 se levantó mejor. Se afeitó. Pidió el diario. A Merceditas le sorprendió el ánimo. Al mediodía almorzaba en el primer piso con un chileno amigo, Gabriel de Rosales, cuando sintió frío. Un dolor filoso en el estómago. Mariano Balcarce lo subió en brazos a la habitación. No a la suya. A la de Merceditas. Llamaron al médico. Subió toda la familia. A las tres de la tarde, tomó la mano de su hija y le dijo al oído, bajito:"Hija mía, esta es la fatiga de la muerte".

Lo velaron en la iglesia de San Nicolás, donde iba los domingos. Después, sus restos descansaron 11 años en la cripta de la Catedral de Boulogne; en 1861 lo llevaron a Brunoy, a 23 kilómetros de París, al panteón de los Balcarce. Ahí ya estaba su nieta María Mercedes, muerta a los 27. Estuvo 19 años al lado de ella. Tardó 30 años en volver a Buenos Aires. Lo hizo en 1880, con Avellaneda presidente. Hoy está en la Catedral Metropolitana, custodiado por dos granaderos, con todos los honores.

La casa argentina

La casa volvió a alquilarse. Nadie sabe bien quién vivió ahí por 70 años. En 1926, el Estado argentino la compró por 400.000 francos. En 1928 abrió como museo, y como Consulado hasta 1966. Afuera, a pocas cuadras, está la primera estatua de San Martín en Europa. La hizo Henri Allouard y se inauguró el 24 de octubre de 1909, con la presencia de 50 granaderos a caballo. Resistió dos guerras mundiales. 

"Hay gente que llora y se arrodilla. Agradecen a Dios por haber podido llegar" cuenta el formoseño, Suboficial principal Rubén Torres, 55 años, de Granaderos a Caballo. Vive ahí con Celia, su esposa, y sus dos hijos, Ramiro de 11 y Walter de 6. Es el conservador, cuida la casa, que se abre como Museo de martes a sábado, con acceso gratuito. No solo la visitan argentinos, gente de todo el mundo la recorre y se emociona.