El proyecto “Dreaming Hands”, impulsado por Valentina Bruno, obtuvo el primer premio del programa Dream for Change, de la UNESCO y Dior. Su objetivo es conectar a las artesanas de la Puna con compradores de todo el país a través de un canal directo y transparente.
10 de octubre de 2026
Un suéter de lana de llama tejido en un pequeño pueblo de la Puna puede llegar hoy a cualquier rincón de la Argentina sin pasar por intermediarios que reducen la ganancia de quien lo fabricó. Esa es la idea de Dreaming Hands, una iniciativa creada por la argentina Valentina Bruno para potenciar a las mujeres artesanas y poner en valor la tradición del tejido.
El proyecto ganó el primer puesto del programa Dream for Change, una iniciativa de liderazgo para jóvenes creada por la agencia educativa de las Naciones Unidas y la marca francesa Dior. De una selección de 300 mujeres de todo el mundo, el trabajo de Bruno fue reconocido por su aporte al empoderamiento económico de las artesanas.
Cómo funciona
Dreaming Hands funciona a través de un sistema simple de venta online. Desde su cuenta de Instagram, @dreaminghands, las interesadas pueden contactarse por WhatsApp, acceder al catálogo de prendas y conocer el precio, la historia y el nombre de la artesana que realizó cada pieza.
El catálogo incluye suéteres, bufandas, carteras, ponchos, chales y objetos decorativos elaborados con lana de llama y oveja. Por ejemplo, un chal de lana de llama en hilo doble tejido por Presentación Alancay, de la comunidad de La Flor de la Rica Rica, se ofrece a 60.000 pesos, mientras que una ruana de 1,62 metros tejida en bastidor por Guillermina cuesta 170.000 pesos.
La propuesta busca eliminar la intermediación que históricamente redujo los ingresos de las tejedoras. “Nosotras no podemos vender. Solo nos compra un intermediario que luego vende nuestros tejidos en Purmamarca al cuádruple de lo que nosotras le vendemos a él”, contaron las mujeres de Barrancas.
El origen del proyecto
Valentina Bruno tiene 24 años, es licenciada en Relaciones Internacionales y realizó una doble titulación entre la Universidad Torcuato Di Tella y el Instituto de Estudios Políticos de París. Trabajó en la Embajada Argentina en Francia, en Le Monde Diplomatique y en las Naciones Unidas en Nueva York.
En 2025 regresó al país para investigar la gobernanza del litio y viajó al norte argentino para entrevistar a comunidades y gobiernos locales. En mayo llegó a Barrancas, una localidad jujeña de 350 habitantes ubicada a 3.600 metros sobre el nivel del mar.
Allí, una frase la marcó: “Todos son como usted: llegan, toman notas, se van y no vuelven nunca más”. Bruno prometió volver y cumplió.
Un equipo internacional
Durante el programa Dream for Change, Bruno conoció a María Fernanda Dávila, de Perú, con quien comenzó a gestar Dreaming Hands. Luego se sumaron Catherine Boudreaux, de Estados Unidos; Fernanda Mollo Vega, de Chile; y Lorena Rosas Iparraguirre, también de Perú.
El proyecto funciona actualmente en Argentina, aunque el objetivo es expandirlo a Chile y Perú. En las próximas semanas, Bruno viajará junto a Mollo Vega a otras localidades del norte argentino y a Chile, mientras que Dávila y Rosas Iparraguirre harán lo mismo en Perú.
Mucho más que tejido
Cada prenda representa un proceso que combina patrimonio cultural, trabajo manual y conocimiento ancestral. Las artesanas esquilan llamas y ovejas, hilan, preparan tintes naturales —como el que obtienen de la cáscara de cebolla— y tejen las prendas a mano.
Para elaborar un suéter sin costura, por ejemplo, una tejedora puede necesitar hasta tres días de trabajo. “Lo empiezo a tejer desde el cuello. Lo tejo hasta la sisa. Luego separo los puntos para las mangas y alzo los puntos para las sisas”, describió Laureana, una de las artesanas.
Solo en el primer mes de ventas online, la comunidad reunió el equivalente a tres sueldos mínimos. Pero el impacto también fue simbólico: las mujeres comenzaron a ver reconocido y valorado un oficio que aprendieron de sus madres y abuelas.
Los próximos desafíos
Los objetivos inmediatos de Dreaming Hands son aumentar la visibilidad del catálogo, lograr que más personas compren de manera directa y encontrar un espacio físico en Buenos Aires para exhibir y vender las prendas.
También buscan fortalecer la formación de las artesanas para profesionalizar la producción y avanzar hacia la exportación. “Creamos un modelo de ayuda que se puede replicar en cualquier lugar del mundo que sufra la misma problemática”, planteó Valentina Bruno.
El proyecto demuestra que el comercio justo puede comenzar con una idea simple: que la persona que teje una prenda pueda contar su historia, fijar el valor de su trabajo y recibir una ganancia justa por él.
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