De Francia e India a Perú, Chile y México, una nueva ola de protestas lideradas por jóvenes reclama vivienda, empleo, educación, derechos y democracia. No es un movimiento único, pero comparte una misma sensación: el futuro se está volviendo inalcanzable.
11 de octubre de 2026
Algunos ya comparan este momento con el mayo del 68 en Francia, una de las mayores revueltas juveniles de la historia moderna, que ocurrió a la par de otras movilizaciones significativas —y también trágicas— como la matanza de la Plaza de Tlatelolco en México, el 2 de octubre de 1968.
Hoy, Europa, Asia, América del Norte y América Latina viven protestas y levantamientos de los más jóvenes como hacía décadas no ocurría. ¿Qué está pasando realmente y cuáles son las consecuencias globales de este movimiento?
Es difícil reunir en un conjunto todo lo que está pasando al mismo tiempo en el mundo. Pero las imágenes se repiten: jóvenes en Francia marchando por una educación pública de calidad; jóvenes en Madrid reclamando una vivienda digna; y en India, donde el movimiento “Cucaracha” ya provocó la caída del ministro de Educación y ahora exige la renuncia del jefe de la Comisión Electoral. En Asia también se han extendido: en Nepal, Indonesia, y en Africa, Marruecos) y Madagascar, han vivido grandes revueltas juveniles.
No es todo lo mismo
¿Es todo lo mismo? No. Pero hay puntos de coincidencia.
Los protagonistas tienen, en general, entre 18 y 30 años y pertenecen a la llamada Generación Z, nacida aproximadamente entre 1997 y 2012. A diferencia de generaciones anteriores, muchos no quieren seguir viviendo como viven sus padres: con educación desfinanciada, trabajo precario, salarios bajos, imposibilidad de independizarse y escasas perspectivas de proyección.
En varios países, además, se suma la restricción de derechos, la represión y la desconfianza hacia las instituciones. Las redes sociales, una de las grandes diferencias con los movimientos anteriores, funcionan como organizadoras, amplificadoras y espacios de identidad política: memes, transmisiones en vivo y hashtags conviven con marchas, cortes y asambleas.
India: el caso más impactante
En India, la movilización surgió a partir de filtraciones en exámenes de ingreso a la universidad y de denuncias sobre una revisión del padrón electoral que habría eliminado a millones de inscriptos.
El movimiento, conocido como “Cucaracha”, tomó ese nombre como respuesta a un magistrado que había calificado de “cucarachas” a los jóvenes que no conseguían empleo.
Sus reclamos comenzaron con una reforma del sistema educativo y la renuncia del ministro de Educación, algo que finalmente ocurrió. Luego, la protesta apuntó contra la Comisión Electoral y pidió la dimisión de su jefe, al que acusan de manipular las listas de votantes para favorecer al primer ministro Narendra Modi.
La última gran marcha en Nueva Delhi, esta semana, terminó con un fuerte operativo policial y más de 1.000 detenidos. El líder del movimiento, Abhijeet Dipke, fue detenido, aunque luego fue liberado junto a otros referentes, que anunciaron que seguirán movilizándose.
Europa: educación y vivienda
En Francia, las protestas estudiantiles se concentran en la educación pública: escuelas deterioradas, falta de docentes, diferencias extremas según el barrio el que se encuentran, sobrecarga de horarios y obstáculos para acceder a la universidad. Las movilizaciones alcanzaron a alrededor de 1.000 establecimientos educativos, cerca de uno de cada cuatro del país. Los detenidos llegaron a 5000 estos últimos días, la mayoría menores.
En España, la demanda central está siendo la vivienda. A comienzos de octubre, cientos de miles de personas salieron a las calles de Madrid y la protesta se extendió a decenas de ciudades, luego de que el Gobierno no aprobara nuevas protecciones para inquilinos. El adelanto de las elecciones por parte de Pedro Sánchez es una de las consecuencias inmediatas pero seguramente no es la última.
En ambos casos, la consigna de fondo es similar: no alcanza con estudiar y trabajar si el resultado es no poder pagar un alquiler, acceder a una casa propia o construir un proyecto de vida autónomo.
América Latina: corrupción y futuro
En América Latina, el reclamo juvenil suele combinar corrupción, inseguridad, empleo informal, salarios bajos y desigualdad. En Perú, las protestas de fines de 2025 comenzaron contra una reforma previsional, pero terminaron exigiendo la salida de la entonces presidenta Dina Boluarte, la disolución del Congreso, mayor seguridad y más oportunidades económicas. Tras las movilizaciones, Boluarte fue destituida y el Congreso censuró a su presidente, José Jerí.
En Chile, México, Bolivia, Paraguay y Ecuador también hubo movilizaciones juveniles, con reclamos vinculados a la vivienda, el empleo, la seguridad y los derechos. En Argentina, las mayores movilizaciones se dieron en torno al incumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario, aunque no han alcanzado la contundencia de los países mencionados anteriormente.
Qué piden los jóvenes
Entre los reclamos más repetidos aparecen:
- Vivienda asequible y protección para inquilinos.
- Educación pública de calidad y accesible.
- Empleo formal, salarios dignos y fin de la precarización laboral.
- Lucha contra la corrupción y el crimen organizado.
- Reformas políticas y mayor transparencia institucional.
- Derechos sexuales y reproductivos, igualdad de género y políticas contra la violencia.
- Acción climática y desarrollo sostenible.
- Más democracia, libertad de expresión y respeto por los derechos civiles.
El mundo que les quedará a ellos
El mundo está cambiando en todos los sentidos, y los jóvenes quieren decir lo suyo. Después de todo, es el mundo que les quedará. No todos los movimientos tienen los mismos objetivos ni las mismas formas de organización. Algunos lograron cambios concretos, como la renuncia de un funcionario o la caída de un presidente; otros fueron reprimidos o perdieron fuerza con el tiempo.
Pero el fenómeno es imposible de ignorar. La nueva ola juvenil no surge solamente de una consigna puntual: nace de la acumulación de frustraciones y de la sensación de que las promesas nunca llegan.
Habrá que seguir la evolución de cada caso. La situación política de cada país definirá si estos reclamos encuentran canales de diálogo, se transforman en reformas o derivan en nuevos enfrentamientos. Lo que ya quedó claro es que una generación dejó de ser espectadora y comenzó a disputar el presente.
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